lunes, 11 de mayo de 2009

Graciosos que no lo son.

Hay personas que tienen una manera un tanto peculiar de expresar sus opiniones, son esas que en una reunión donde hay personas a las que no se conoce de nada se permiten el lujo de comentar sus ideas no desde el posible respeto a quienes no piensan como uno mismo, sino desde el convencimiento de que todo el mundo va a estar de acuerdo y sobre todo, desde el convencimiento de que todo el mundo va a reír las gracias.

Es decir, que no solo estamos ante el típico gracioso de las fiestas, ese que no se contenta con soltar una coña fácil en el momento adecuado, sino que es soez (pensando que un pedo da mogollón de risa) y maleducado, pensando que los malos modales también dan mucha risa. Y lo que dan es pena.


Lamentablemente pocas personas se atreven a reprobar su conducta, a llamarle la atención parándole los pies y mucho menos a decirle lo equivocado que está o lo mal que sientan sus comentarios entre el resto de la gente. Y así pasa, que se crecen poco a poco y se creen los dueños del cotarro.


Si a esto le sumamos una ingesta elevada el alcohol tenemos al borracho que da pena y que deseamos perder de vista cuanto antes, porque si sin haber probado el alcohol ya está insoportable, ni decir cuando bebe.


Por tanto, no es complicado verles haciendo un ridículo espantoso cuando intentan ser graciosos, cuando se tiran un pedo a posta delante de la gente para hacer gracia, o cuando se suben en las sillas y dan voces sobre temas que nadie llega a comprender (normalmente en este punto es cuando empiezan a balbucear), o incluso, yendo más allá, son capaces de usar un insulto de lo más caduco y trasnochado, sin saber si hay gente presente que puede darse por aludida y sentirse molesta: “rojos de mierda”.


No sienta mal porque yo, precisamente, sea una roja de mierda, sienta mal porque en teoría hay cosas que están más que superadas y decirle a una persona de izquierdas “roja de mierda” es lo mismo que decirle a otra de derechas “facha de mierda”. Es buscar camorra.


No hay nada que hacer, son como niños pequeños, que cuando cogen la bolita de hacer el pavo no paran. Lo malo es que a los niños los coges en brazos y te los llevas o les dices las cosas y a veces hacen caso, pero a ver quien es el guapo que le dice algo y que no acaba discutiendo.


Yo prefiero cambiar de zona, irme con otra gente y sobre todo, hacerle el menor caso posible, porque si algo les crece de sobremanera es que alguien les preste atención. Como a los monitos de feria. Pobres animalicos, si supieran la de veces que las sonrisas que provocan no son de agrado, sino de pena, lástima y desprecio…los monos, digo.

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