jueves, 22 de abril de 2010

Distancia.


Quiero retomar el tema que traté en la entada titulada "espera". El motivo es muy simple, de nuevo me veo en la misma situación: unos aquí y otros allí.

Aún soy capaz de sobrevivir con la distancia, supongo que en gran medida, es porque algunas de mis anteriores relaciones se basaron en la distancia (curiosamente, los mismos Km que ahora nos separan...) y al final una como que se acostumbra a tener a alguien ahí pero no tan ahí como "debería".

Es lo malo de las distancias en las parejas. Me refiero a las distancias físicas, porque las mentales pueden ser mucho mayores e inabarcables. Digo que es lo malo porque al final todo se agranda, todo se hace lejano y al final, muchas veces, hasta el cariño se aleja. O se vuelve raro.

No es lo mismo el primer día de separación que el décimo. El primero es posible que casi todas las parejas lo pasen mal, porque ayer estábamos todos tan bien y tan achuchaditos y hoy a chopecientos kilómetros de distancia y tal y cual...pero al décimo (mes, día o año, dependerá de la persona) como que uno se termina por acostumbrar y se cambia de vida y de costumbres.

No digo que porque la pareja no esté AQUI uno tenga que echarse a la vida y olvidarse de lo que tiene (lejos, pero lo tiene), sino que en vez de quedarse en casa haciendo calceta como pudo hacer el primer día, sale, va viene y hace planes que en pareja, a veces, no se pueden hacer por motivos que ahora no vienen al caso.

Y eso es lo complicado y lo que puede traer problemas: que cada uno se centre en su vida y que tanto el que se ha ido como el que se ha quedado empiece a "disfrutar" de no tener a nadie que impida hacer los horarios laborales que nos venga en gana, que no nos ocupe determinadas horas del día o simplemente, que nos acostumbremos a hacer y deshacer y se nos olvide que todo lo que hacemos y deshacemos, aunque sea en la distancia, tiene una serie de repercusiones en quien se ha quedado o se ha ido.

martes, 13 de abril de 2010

Comprensión.

Es muy triste que en ocasiones algunos ciudadanos pacíficos y tolerantes lleguemos a unos puntos de indignación y de comprensión a los que jamás pensamos llegar. Indignación con determinados colectivos y comprensión hacia aquellos con los que jamás imaginamos ni deseamos estar de acuerdo.

El otro día tuve una discusión seria con una persona que orinaba en plena calle. Una discusión que terminó con la intervención de unos guardias de seguridad y con amenazas por parte del idividuo que orinaba.
Efectivamente, el individuo en cuestión me amenazó por recriminarle su actitud, por comentarle que es una guarrada orinar en plena calle a las 5 de la tarde. No llamé a la policía porque de poco o nada iba a servir, una denuncia por amenazas no le iba a afectar lo más nínimo. Os lo aseguro.

En ese momento, aunque ahora me pese reconocerlo, comprendí a quienes dicen que somos muchos, que solo ha venido lo peor, que esto antes no pasaba y que algunos de los que han venido de fuera han traído costumbres como sonarse los mocos sin pañuelo, mear en cualquier parte, escupir y gargajear... y hasta yo pensé que quizás si, que quizás lo más visibles sean los peores y que algo debería hacerse.

No me refiero a expulsar a todo aquel que no reuna unas normas de civismo mínimas (que por mi...), me refiero a multar seriamente a los que se han creído que la calle es un urinario y un váter público. Quizás tocándoles el bolsillo se reeducasen.

Se que ni mucho menos todos son unos impresentables como el fulano con el que me fuia dar de bruces, pero son a los que más se ve. Quienes están perfectamente integrados pasan desapercibidos, como debe ser.

Esto no ha quedado más que en una anécdota, sigo pensando de la misma manera que siempre y sigo pensando que no todo es malo. Pero sigo pensando que algo hay que hacer con los que no han venido a hacer nada bueno. Igual que hay que hacerlo con los "autóctonos".