Es muy triste que en ocasiones algunos ciudadanos pacíficos y tolerantes lleguemos a unos puntos de indignación y de comprensión a los que jamás pensamos llegar. Indignación con determinados colectivos y comprensión hacia aquellos con los que jamás imaginamos ni deseamos estar de acuerdo.
El otro día tuve una discusión seria con una persona que orinaba en plena calle. Una discusión que terminó con la intervención de unos guardias de seguridad y con amenazas por parte del idividuo que orinaba.
Efectivamente, el individuo en cuestión me amenazó por recriminarle su actitud, por comentarle que es una guarrada orinar en plena calle a las 5 de la tarde. No llamé a la policía porque de poco o nada iba a servir, una denuncia por amenazas no le iba a afectar lo más nínimo. Os lo aseguro.
En ese momento, aunque ahora me pese reconocerlo, comprendí a quienes dicen que somos muchos, que solo ha venido lo peor, que esto antes no pasaba y que algunos de los que han venido de fuera han traído costumbres como sonarse los mocos sin pañuelo, mear en cualquier parte, escupir y gargajear... y hasta yo pensé que quizás si, que quizás lo más visibles sean los peores y que algo debería hacerse.
No me refiero a expulsar a todo aquel que no reuna unas normas de civismo mínimas (que por mi...), me refiero a multar seriamente a los que se han creído que la calle es un urinario y un váter público. Quizás tocándoles el bolsillo se reeducasen.
Se que ni mucho menos todos son unos impresentables como el fulano con el que me fuia dar de bruces, pero son a los que más se ve. Quienes están perfectamente integrados pasan desapercibidos, como debe ser.
Esto no ha quedado más que en una anécdota, sigo pensando de la misma manera que siempre y sigo pensando que no todo es malo. Pero sigo pensando que algo hay que hacer con los que no han venido a hacer nada bueno. Igual que hay que hacerlo con los "autóctonos".
martes, 13 de abril de 2010
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