
Volvamos a las discusiones típicas de este país de pandereta, a los sinsentidos y a la moral de cartón piedra, discutamos sobre la publicidad atea/no atea en los autobuses.
Habrá quienes alzarán la voz criticando esta publicidad porque puede molestar a los cristianos de pro, esos que juran creer en Dios pero que a la mínima de cambio se pasan los mandamientos por la misma parte por donde se pasan los demás preceptos del catolicismo, pero seguro que están más que acostumbrados a ver anuncios de lencería en las marquesinas de los autobuses sin que les cause el más mínimo remordimiento.
También habrá quienes sientan que se insulta a su fe, a esa que les lleva a reunirse en Colón cada diciembre, en una supuesta misa/fiesta multitudinaria que molesta (y mucho) a los paseantes de Madrid y sobre todo, a los que no queremos ni oír hablar de los católicos, de sus normas, de sus prelados y mucho menos de las opiniones de éstos (opiniones, a mi modo de ver ancladas en el pasado y de lo más rancias que podremos escuchar en esta vida).
Y claro, estos cristianos de pacotilla (y los que no son de pacotilla también), tienen que contraatacar con su propia publicidad, anunciándonos la existencia de ese Dios en el que creen y en el que nos quieren obligar a creer, dándonos siempre razones personales y nunca generalistas, siempre vagas y nunca concretas.
Por supuesto están los opuestos, los que aplauden que por fin alguien sea capaz de salir a la calle y plantar este anuncio, de decirlo a los cuatro vientos y de, como hacen los creyentes, intentar convencer a diestro y siniestro de lo pánfilo que es creyendo en algo que no existe.
Aunque no creo que se vayan a “dar cuenta de su error” porque lo digan los anuncios de los autobuses, sinceramente.
Como medida para que los ateos alcen la voz y demuestren que no son solo cuatro tarados o unos infieles con cruces invertidas tatuadas en la frente podría estar bien, pero supongo que lo que se pretende es iniciar la discusión infinita sobre la laicidad drástica (un voto a favor) del Estado y demás asuntos, pero lamentablemente, es algo que se quedarán en segundo plano ya que, a buen seguro, tomará más importancia la bronca que se puede armar entre creyentes y no creyentes por difamaciones o por expresiones de ideología.
Si somos de los que criticamos esta publicidad, no entiendo como podemos levantar la voz al ver esos anuncios y sin embargo, como ya he dicho, callar ante la imagen de un cuerpo semidesnudo (¡con lo obsceno que es un desnudo, madre mía!), ante los anuncios de preservativos y demás imágenes pecaminosas que no comulgan en absoluto con nuestro credo (otra cosa es lo que hagamos en nuestra casa cuando Dios no nos ve…).
No entiendo como los cristianos, que tienen su fe realmente arraigada y que pueden vivir tranquilos (a pesar de que ellos digan lo contrario y quieran tachar a la sociedad de anticristo) se pueden sentir amenazados por una publicidad que nada debería significar para ellos, más que las blasfemias de un escaso grupo de infieles.
A mi, qué queréis que os diga…ni me va ni me viene, por agnóstica (cada día más cerca de atea que de agnóstica) debería parecerme bien, pero no creo que publicitando la no-religión combatamos a los que quieren que vivamos en comunión con Cristo y su Iglesia mediante aquelarres multitudinarios, sino que acabamos dándoles pie a que nos respondan, a que tomen protagonismo y a que jamás decidan dejarnos vivir tranquilos como hacemos nosotros con ellos…si no se empeñasen en intentar colonizar todos y cada uno de los aspectos de nuestra sociedad.
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