miércoles, 11 de marzo de 2009

El recuerdo nunca se borra.

Parece que hoy es el día del recuerdo obligado, de las lágrimas de rigor y del dolor imborrable, y solo porque todos los medios de comunicación recuerdan en triste aniversario de aquellos atentados que cambiaron la cara a Madrid.


Yo no quiero seguir la corriente a los que solo se guían por fechas y no por sentimientos, pero hoy es inevitable recordar aquella mañana en la que todos, de un modo u otro, vivimos con el corazón en un puño.


Aquel 11 de marzo estudiaba Bachillerato en el Miguel Catalán y como cada mañana esperaba al autobús en la parada de mi casa, pero de repente empezó a llegar gente de la estación diciendo que no había trenes porque habían puesto una bomba o no se qué.
Yo la verdad es que no le di la más mínima importancia porque jamás se me ocurrió pensar el alcance que al final tuvieron los atentados.


Al llegar al instituto empezamos a informarnos gracias a los profesores y a las llamadas de los padres y amigos, cuando comentaron las localizaciones de las explosiones me empezó a entrar la preocupación y es que mi padre hacía el recorrido Coslada – Atocha en Cercanías.
Sabía que a el no le había pillado porque a las 7:30 saldría de la estación de Atocha, pero por si acaso, removí Roma con Santiago hasta dar con el (la red de telefonía estaba colapsada).


Y además, para mi suerte, ese día coincidió con una huelga universitaria, con lo cual mis amigos y novio estarían en sus casas y no les habría afectado.


Aparte de las constantes llamadas de mis compañeros de clase para preguntar por su familia y amigos recuerdo que ese día ningún profesor fue capaz de dar clase, que ninguno de nosotros fue capaz de alegrarse por no tener que ver al de Física o a la de Matemáticas, recuerdo que todos, pese a nuestros escasos 18 años, nos hicimos mayores, tuvimos conciencia de que algo realmente grave había ocurrido y que mejor dejar para otro momento las escapaditas a las escaleras a fumar o los tonteos con los de la clase de al lado.


Salimos al patio y acabamos juntándonos con los de la E.S.O., con los profesores, con los conserjes…y creo que todos teníamos la misma sensación de vacío, no por haber perdido a un familiar o ser querido, sino porque una parte de todos nosotros iba en esos trenes.


Hoy no se tiene el mismo miedo a viajar en tren que se tuvo los días posteriores, hoy no lloramos al pensar que habría pasado si la huelga hubiera sido otro día, pero si que se nos humedecen los ojos al recordar lo que ocurrió, al revivir las imágenes y los sonidos y sobre todo, al escuchar a todos los que viajaban en los trenes y que vivieron aquella masacre muy de cerca, porque al fin y al cabo, ellos son iguales que nosotros y a cualquiera de los que hoy podemos disfrutar de la vida nos podría haber pillado viajando en tren como todas las mañanas.

No hay comentarios.: