sábado, 29 de marzo de 2008

¿Te acuerdas de mi?


No se bien si esta entrada pega más aquí o en Mrs. Maxwell porque se trata de un tema personal-familiar, pero al final he optado por publicarlo aquí.

Si hay una enfermedad terrible, que no solo destroza la vida al enfermo sino que también mina la moral y el ánimo de los familiares y personas cercanas al enfermo es el Alzheimer.

Y se bien de lo que hablo porque mi abuela paterna padece esta enfermedad. Lleva unos 8 años en una residencia y con esta enfermedad más o menos 10 (yo diría que alguno más).

Desde que empezó con los típicos despistes de no saber donde estaban las cosas hasta el estado en que está ahora hemos pasado por mil cosas: desde llamarnos a cualquier hora a casa porque según ella no la dejaban salir de casa (no había quitado la llave) a “perderse” por Madrid o a intentar escaparse de la residencia porque no sabía que hacía allí.

He vivido la evolución de la enfermedad mes tras mes y cada vez se hace más duro ir a verla a la residencia porque ahora mismo ella está en una silla de ruedas, no habla, no se mueve, apenas reacciona cuando nos ve (si acaso alguna sonrisa esporádica) y desde hace unos meses pasa casi todo el día dormitando, tiene escaras en los pies y los codos, los huesos muy deformes, está rígida y es casi imposible ponerla recta cuando se la tumba...

Recuerdo cuando hace unos años nos íbamos con ella de paseo por el pueblo en que está la residencia o nos íbamos a otro a comer con ella, recuerdo que nos tomábamos unos trinas de naranja en el bar de al lado y a ella siempre la gustaban mucho…
Pero también recuerdo, cuando aún estaba en su casa, en el Paseo de Santa María de la Cabeza y siempre nos ponía un café (a mi un vaso de leche) y sacaba galletas o magdalenas, recuerdo alguna comida o cena familiar con mis abuelos, mis padres y mis tías, recuerdo una cena en la terraza del ático en que vivía, recuerdo que entrar a su habitación era entrar en un lugar lleno de sorpresas porque siempre me daba cosas para jugar…
Recuerdo las ultimas veces que fui al piso, justo antes de que se vendiera y recuerdo la sensación de vacío, no solo por la falta de muebles, sino porque sabía, aunque era una cría, que las cosas no iban a ser nunca más como lo habían sido hasta entonces.
Recuerdo todas las visitas al hospital del Alcorcón, las meriendas que la he dado allí (café con galletas), las caricias mientras dormía, las carreras para llegar lo antes posible allí al salir de la universidad, la espera en urgencias, el revisar los goteros y hablar con los médicos, el no saber si “hoy será el último día”…

Yo recuerdo todas esas cosas pero no se si ella lo hará, si aunque sea en el fondo de su mente hay un pequeño rastro de luz que la recuerda quienes somos, quiero creer que si y que las ya escasas sonrisas que nos dedica no son una cadena de impulsos nerviosos, sino una demostración de que nos reconoce y que sabe que su hijo y su nieta recuerdan todas esas cosas por ella y que jamás las olvidarán tanto si son buenas como si son malas.

2 comentarios:

monsieur le six dijo...

Es una enfermedad muy triste. El abuelo de mi ex-cuñada la padecía y la verdad es que deprimía bastante a toda la familia pensar que aquella persona parecía vivir otra vida. Son las enfermedades de nuestro tiempo, y desgraciadamente, a muchos de nosotros nos tocará vivirlas.

Thimbler dijo...

Las mentes humanas, por muy enfermas que esten, son seres vivos, y reaccionan al cariño externo. Como las plantas y los animales. Asi que, durante el tiempo que le quede, lo mejor que podeis hacer (y que me consta que lo haceis) es darle todo todo el cariño del mundo, porque eso por lo menos ayuda a pasar el calvario que lleva ella.

Un besazo.