Podría contaros mi puente de cabo a rabo, podría abrumaros con mil fotos, podría hacer una reflexión sobre todo lo que ha dado de si el puente y sobre las conclusiones a las que he llegado…pero no, esta vez voy a ir un paso más allá y vamos a hablar de la mandarina.Si, de la mandarina. Suena raro, lo se…pero me siento obligada a dejar constancia del momento y de lo que ha significado para alguien muy cercano a mi.
Resulta que cuando yo tenía unos tres años mi abuela me regaló una mandarina de caramelo, de estas que van envueltas en papel transparente y que cada gajo es un caramelo.
Por aquel entonces yo iba a la guardería y mi madre, para evitar que me la comiese yo toda entera (aunque fuese poco a poco) y por hacer gala de su generosidad (que siempre alabaré, obviamente), llevó a la niña y a la mandarina a la guardería.
Mi profesora, Lola, se puso muy contenta y decidió repartir el caramelo entre todos los niños de la clase, dejándome a mi la última por ser la “portadora de la mandarina”.
Claro, ver una mandarina de caramelo con tres años es poco más que una maravilla y todos queríamos nuestro cachito…y todos lo tuvieron…todos menos yo.
Si, ahora estareis riendoos de mi y de mi mandarina, pero a mi me cabreó de sobremanera y al salir de clase no dudé en decírselo a mi madre, que se lo tomó a risa pensando que era una pataleta momentánea.
Pero no, mi recuerdo ha durado hasta hoy día, tengo grabado el momento en que se repartió el último gajo dejándome a mi sin probarlo, tengo grabado el momento en que mi abuela me regaló la mandarina y aún más la reacción de mi madre al decirla que me había quedado sin.
Pero esto ha cambiado, las heridas se están cerrando porque este puente mi madre lo ha hecho…me ha regalado una mandarina de caramelo exactamente igual que la que me regaló mi abuela. ¡Y esta vez es solo para mí!
Lo cierto es que está encima del escritorio, con el envoltorio intacto y me da cosilla empezarla por todo lo que significa. Seguramente la saque una foto y la enmarque o la dejaré a modo de “elemento decorativo” porque he tenido que esperar 18 años a que mi madre repare el daño.
Creo que a partir de ahora mi madre volverá a ser mamá y no “esa señora que me dejó sin caramelo”. Gracias mamá.
4 comentarios:
Joder, cómo debió ser el trauma para que tu madre se haya acordado y se haya molestado en repararlo tantos años después...
oie y no me vas a dar un gajo? jajajaja
NADA DE NADA, es miaaaaa, mi mandariiiinaaaa!!!!
Monsieur, si te parecia que lo de los saltamontes no podia superarse...esto lo supera!!!
Detallazo el de mi madre, eh?
Perece una tontería, pero menos mal que has apaciguado tu rencor... este tipo de cosas son las que te convierten en un psicópata "á lá Columbine".
Yo todavía estoy esperando que el mamón que me quitó mi Gi-Joe en el cole me lo devuelva... mientras me hago con unas armas automáticas.
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